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Cuando terminaste la escuela, todos te firmaron la túnica y te ponían mas o menos las mismas cosas, sentías que nunca los querías perder, era tu mundo, eran tus amigos aparte de vecinos y te hacías la cabeza pensando tener la veterana edad de dieciséis y tener historias como las de Montaña Rusa.
La pelota era el astro rey de tu galaxia, las compañeritas eran algo así como enemigos excepto dos: La que te gustaba y no te daba bola y la que gustaba de vos que (por ley de Murphy) te parecía horrible; y era efectivamente horrible.
Después en el Liceo viviste como todos eran súper amigos con súper demostraciones de cariño eterna, los tqm, los insoportables corazoncitos con iniciales y la flecha, las polleritas subidas (que por cierto, ahora aprecio mas y mejor), el misticismo de que te gustaba tal o cual y todo lo que había alrededor. La pelota perdía terreno frente al par de melones de esa compañerita tetona que siempre hay. Tuviste que aprender a convivir con eso. Aprendiste lo que era odiar, cuando sistemáticamente tenías que hacerlo con las boy bands. Te agarraste tus primeros pedos brutales y te dejaron tirado, te putearon, te escapaste de tu casa, te agarraste a las piñas, en definitiva: una vida épica pero minimalista.
Cuando terminaste el liceo, sentiste algo parecido a la escuela, lo único que te imaginabas terminando cualquier carrera en tiempo record, viviendo en un loft y manejando un auto deportivo, con un poco de fama y con una novia hermosa con la que te ibas a casar (despues de los 30 obvio) y tener a tus hijos (sobre los que tenias que acordar el nombre), pero antes de eso ibas a tener una vida de sexo, drogas, pánico y locura y todas las sensaciones que podías ver en las películas.
No sabías bien quien eras y por eso andabas cambiando de onda cada tanto, no sabias que estabas siendo o hacia donde ibas, pero el éxito estaba al final seguro. Ahora ya no te importaban tanto las tetas de las compañeras, también te importaba la carita, la cola y si tenía guita. Ya era todo un conjunto. Aún tenías estómago y te habías empolvado la napia alguna que otra vez y habías tenido algo así como un coma etílico, aunque nadie esté seguro.
Después la vida te empezó a cagar a patadas. Empezaste a sentir que tal vez el mundo era cruel y lo confirmaste, encadenaste un montón de cagadas formando una racha negativa que luego recordás como una crisis con depresión y todo. Te sentiste perdido. Te volviste a reencontrar y te perdiste igual de fácil, pero de otra manera como la vez anterior. En definitiva, te creíste crack y fuiste un gil. Te creiste un banana y lo eras, pero lo aprendiste a recordar con una sonrisa.
Ahí algo te hizo clic, ya tenías el lomo curtido y lo mejor de todo, habías aprendido que no iba a ser la ultima vez. Comprendiste que todas las cosas cuestan y que así como cuestan un montón, las podes perder en cuestión de segundos. Entendiste que la vida es corta y que perdiste algo de tiempo, pero que todavía te quedaba mucho para revertirlo.
Te hayas hecho o no te hayas hecho preguntas, sabemos vos y yo que es así.
Probablemente ya habías tenido un par de amores enfermizos, un par de amores intrascendentes y muchas gorditas que por el bien de tu ego olvidás y nunca contás.
La vida te golpeó y te tuviste que sobreponer. Nada te golpea tan duro como la vida. Si lo dijo Rocky, es verdad.
En esos casos contaste con tus amigos, esos amigos que seguro que no se parecen en nada a los de la escuela y el liceo, gente que fuiste recogiendo de todas partes, gente con la que el vinculo lo decidiste hacer vos y cuidarlo, porque cuesta, pero rinde. Esos hermanos que te da la vida.
Personalmente cuando me acordé de todo esto, ya estaba cumpliendo veinticinco años, había recorrido algo así como un tercio de mi vida (mas o menos, va a depender del Cáncer). Había aprendido un montón de cosas, batí records de cagadas ya sea en cantidad o calidad. Ya había tenido el pelo largo, ya me había rapado, ya había cometido algunos delitos y había evitado otros. Atenté contra mi mismo y contra los demás. Quise romper todo y lo hice, quise reconstruirlo a mi manera y lo hice. Pude hacerlo otra vez pero al final no quise. Era mejor convivir con eso, como buen irlandés ideológico, se convivir con cosas nocivas ad-eternum, de ser necesario.
Había aprendido a perder, a ganar, a pedir perdón, a no perdonar, a olvidar, a ignorar y millones de cosas mas que ahora no quiero ni podría enumerar.
Pero no me había aburrido de equivocarme y de querer seguir adelante, mejorar y desde un punto de vista tan utópico como relativo, de triunfar. La vida se trata de resistir los golpes y seguir adelante, eso es lo que te mantiene vivo. Y lo dijo Rocky, pero también lo digo yo. Porque así lo siento y espero seguir haciéndolo.
Extraído de una nota de Fabian Muro, publicada ayer en el Diario El Pais:
—¿Cuándo va a venir a presentarse en Uruguay?
—No lo sé. Es que no lo he hablado con la Bersuit, porque es con ellos que toco. Y como la música es el arte de combinar los horarios, como dijo alguna vez Lito Nebbia, dependo de la agenda de la Bersuit. Es complicado, pero no imposible. Pero me encantaría volver a Uruguay. Como se sabe, me siento medio uruguayo. Yo empecé tocando con Beto Satragni, con Jimmy Santos y Raúl Cuadro, todos canarios. Y terminé escribiendo textos con Jorge Larrosa, que también es uruguayo y uno de los Poetas de la Zurda. Además, toqué con una cuerda de tambores en el Teatro Cómico de la calle Corrientes. Recuerdo que Beto y Jimmy juntaron todos los tambores de San Telmo para poder hacer eso. Y hace años que grabé una versión de Adagio en mi país, que está en Internet. Y siempre tuve la camiseta de Peñarol, ¿no? No sé si te acordás, pero llevé esa camiseta a la tele varias veces. Me acuerdo que los hinchas de Almirante Brown creían que lo hacía por ellos, pero no, era por Peñarol (ríe). En definitiva, me considero rioplatense.
Que grande! Todos sabemos como es.. Nacional tiene al Fata Delgado, Peñarol a Calamaro...
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La vida nos enseña una y otra vez. Lo mismo o distintas cosas, da lo mismo. Nos enseña. A la fuerza, sin querer o con la experiencia. De mí dicen que soy un tipo con suerte. De mí dicen que puedo convencer con las palabras, no es que no me guste, no lo desmiento, no lo afirmo. No quiero eso. Quiero convencer con la mirada, quiero convencerme y convencer con el corazón. Probablemente no lo haga porque siempre está roto. Probablemente porque me olvide de cómo era aquello de sentir y que sientan lo mismo. Algo de la magia se perdió. Últimamente noto que no me animo, no puedo, no se. Me pierdo. No me puedo jugar. Tengo miedo de conocer demasiado a la gente. Pasa. Y cuando me doy cuenta, es demasiado tarde. Es un miedo escénico terrible. Créanme que hoy en día, cambiaría toda la elocuencia por un poco de sentimiento. Y la verdad es que no tengo mas que eso. Y ya no se que busco, no se donde estoy. Se que vengo de un pasado mejor. Y no puedo ver sin tener los ojos abiertos. La vida nos enseña una y otra vez. Lo mismo o distintas cosas, da lo mismo. Nos enseña. El tiempo nos da la razón. Y siempre tengo el reloj atrasado. Cuando reacciono es muy tarde, cuando actúo es inútil, vacío, a nadie le interesa.
Con miedo no se puede vivir, pero tampoco sin sentimiento y cuando el sentimiento es el miedo, me cuesta vivir. Ni siquiera soy malo. No quiero lastimar a nadie. Perdí mi capacidad de combate, de ir a la batalla y pelear, de sangrar y curarme. Me estoy desangrando. Agonizando. No sé si no estoy muerto ya. Puedo decir que tengo oportunidades. No las puedo valorar. No me da el corazón. Perdón.
Aquellos besos
Andrés Calamaro.Aquellos besos que ya no vuelven
convierten mi vida en algo raro
tus besos eran mi faro
la única luz que guiaba mi rumbo
en la oscuridad del mar
y la tormenta
no existe nada igual
que aquellos besos míos, tus besos
aquellos besos tan dulces
como aquellos besos nuestros
que son del color de tu ropa interior
siempre me volvieron loco de amor...
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El infierno está encantador esta noche.
Sobretodo, luego de haber soñado otra vez la misma pesadilla.
Sé que hace mucho que las cosas no andan bien, pero me sigue revolviendo el estómago, cuando veo como le permito hacerme tajos en la piel y quemarme, con tal de tenerla otra vez.
Ella parece disfrutarlo. Mas aún, cuando lo hace con su nueva pareja adelante mío, en una tenue penumbra, mientras sangran mis heridas. Lloro. Y mis lágrimas también se hacen rojas como el dolor que me impide ver. La escucho jadear. Se aman. Ojalá tanto dolor la traiga de nuevo, pienso.
En medio de la sínfonia de sufrimiento que padezco, la siento mía, como si lo carnal, materializara en mí una angustia que me retrotrae a los momentos cumbre de nuestro amor. De un momento a otro terminan. Ella viene y me limpia mis ojos...
- Sabés que te amo, jamás te engañaría. Dice.
Intento moverme, pero me despierto, nunca puedo ver mas allá.
Agitado, absorto, bañado en un sudor agobiante, la llamo.
Atiende. Está agitada.
- Volví a soñar con vos, me imagino que entendés a lo que voy. Otra vez los cortes, la distancia.
- Pero sabés que te amo. Valoro lo que tenemos. Por favor, hacete ver porque tu sueño me dice que no confiás en mí. Yo nunca te engañaría...
- Oki, oki... sólo fue un sueño. Besos.
- Chau.
Y cortó.
Como no pude conciliar el sueño y recién eran las 4am, tomé un bloc, un lápiz viejo que encontré al costado de mi cama y me puse a garabatear. Poco a poco, las figuras fueron conformando una figura que entre sombras se fundió en un águila, sus alas extendidas en su mayor envergadura, y una mirada que confieso, un poco me asustó. Era el mismo tatuaje, que un amigo suyo se había hecho hace poco.
Se hicieron las 7, me fui a trabajar. Al volver, muerto, caí fundido en la cama. Dormía tranquilamente, cuando otra vez ocurrió lo mismo... el mismo sueño, la misma situación, el mismo calvario otra vez.
Como estos días ella estaba sola, me mandé para su casa.
De camino, compré un vino, un Malbec 2002 reserva, que sé que le encanta, aunque a mi economía no tanto.
Llegué y toqué timbre un par de veces. No abría nadie. Pero la luz del hall estaba prendida.
Recordé que guardaba la llave abajo de una maceta, justo al costado de la entrada, la tomé y abrí, metí la mano y saqué la cadenita que tranca la puerta.
Cuidando de no hacer mucho ruido, sospechando que tal vez había algun amigo de lo ajeno, botella en mano, caminé hasta el living...
Adiós botella, -al piso-... adiós vida, -no sé adonde-.
El cuadro que se me presentó era lo más parecido a un abismo sin final. Quedé paralizado.
La primera figura, inerte, yacía hincada, desnuda sobre el piso, abrazando las piernas de la dueña de casa. Tenía un corte profundo en el cuello, que con su sangre empañaba parte del sofá, la alfombra y atravesaba el ala izquierda del tatuaje que llevaba en el cuello.
Ella, en el sofá, también sin vestimenta y estirada, se provocaba pequeños cortes en todo su cuerpo con un pequeño y filoso cuchillo de cocina. Casi inmóvil, sollozante, en un estado de shock tal que mi presencia apenas la sorprendió, se hizo sin piedad una cruz en el pecho con éste y luego lo hundió en su vientre. Su mirada perdida me encontró luego de su amplio retorcijón provocado por el dolor abdominal. Enseguida balbuceó:
- Lo maté, no era tuyo.
Con su voz apagándose y gimiendo agregó
- Te amo; sabés que yo no te engañaría...
Y sus ojos se cerraron.